La hora de los esposos.
(Editorial del semanario Alba, 23-29 mayo 2008)
Se cumplen ahora cuarenta años de la carta papal sobre la Vida Humana (encíclica Humanae vitae). Se trata de un texto fundamental sobre la verdad del amor conyugal y su íntima conexión con la procreación. Un texto, de gestación sufrida, signo de contradicción, muy contestado por ambientes laicistas y anticatólicos, a los que se sumaron -con colosal paradoja y ceguera- no pocos clérigos y religiosos.
Contra vientos y mareas, con la lucidez y la valentía que inspira el Espíritu, el magisterio pontificio reafirma las experiencias profundas de la vida conyugal, vivida con honradez por los esposos, por encima y debajo de sus limitaciones y defectos humanos. Esta experiencia conyugal indica que el amor entre esposos les convoca enteros, en cuerpo y alma. No se ama de veras con un trozo de uno mismo, ni fragmentándose en pedazos contradictorios.
La honesta lucha conyugal, ayudándose entre sí ambos esposos, es contra la descomposición, la parcialidad, evitando que lo que pone el alma y lo que siente el cuerpo se contrapongan, acaben yendo por separado, muriendo lo uno o lo otro y, al fin, ambos. La conquista de la unidad personal y de la unidad de vida, en el amarse, es una dimensión esencial de la verdad del amor conyugal bueno. La ternura íntima y su mundo conyugal de afectos, por ejemplo, no puede reducirse a un impulso de la siesta, han de ser una dimensión constitutiva, un cimiento fijo, identidad recíproca entre esposos, propiedad estable de su unión. Y eso requiere armonizar e integrar las dinámicas del alma con las del cuerpo. Esa integración sólo puede hacerla la persona, actuando “en persona’ sobre las propias dinámicas y tendencias, esto es, con su inteligencia y la voluntad, con el gobierno de sí.
El amor conyugal, además, por ser entero conlleva la recíproca entrega y acogida del varón a su mujer y de la mujer a su varón, en todo cuanto comprende su condición sexual. La paternidad y la maternidad son dimensión constitutivas del ser varón y del ser mujer. Y ésta es otra profunda experiencia conyugal. A saber, que la entrega y acogida de la paternidad y la maternidad forman parte de la verdad del amor conyugal. Y, al revés, que experimentamos la reserva, la parcialidad, el cálculo, la falta de entrega, cuando nuestro hombre o nuestra mujer no quiere ser padre o madre, cuancio se guarda para si esa dimension de si, cuanao nos la oculta, finge, simula o engaña.
La íntima confianza de los esposos busca descansar en la transparencia y totalidad de la mutua entrega y acogida. Y esa íntima confianza se quiebra cuando cada esposo defrauda al matrimonio las fuentes de la vida. El amor conyugal, desde su verdad y bondad, irradia vida, resucita el acontecer rutinario y anodino, llena de fecundidad a sus amadores. Y el
paradigma de esta irradiación vital de la unión conyugal es engendrar al hijo común.
Benedicto XVI acaba de recordar estas luces del amor conyugal verdadero y bueno, al conmemorar la Humanae vitae. Son luces de combate, obviamente, porque nacemos necesitados de amor pero poco o nada capacitados para amar de veras, como tampoco sabemos comer, ni andar, ni hablar y lo tenemos que aprender. La conquista de esta madurez para amar supone un aprendizaje, una lucha que dura toda la vida. Lo que es engañarse y mucho es, por causa de esa lucha diaria y biográfica, proponer como bueno un divorcio entre lo unitivo y lo procreativo del amor conyugal, una desintegración entre el ser esposos y el ser padres.
“El amor conyugal- dice Benedicto XVI en esta conmemoración- se describe dentro de un proceso global que no se detiene en la división entre alma y cuerpo, ni depende sólo del sentimiento, a menudo fugaz y precario, sino que implica la unidad de la persona y la total participación de los esposos que, en la acogida recíproca, se entregan a sí mismos en una promesa de amor fiel y exclusivo que brota de una genuina opción de libertad. ¿Cómo podría este amor permanecer cerrado al don de la vida?”.
Es hora de que los esposos, cuya vida conyugal recorre la experiencia de armonizar sus dinámicas espirituales y corporales, para amarse enteros, y la experiencia de integrar la intimidad y la fecundidad, siendo esposos y padres- asuman el testimonio de esta experiencia profunda del’ amor humano y la testimonien a sus hijos, a sus amigos y a la sociedad.
De la misma forma que el peor enemigo de la familia. es una mala y corrompida familia, el mejor testigo del matrimonio es el bueno y bello amor de una unión conyugal vivida a fondo en su verdad. No son los clérigos y los religiosos los llamados a dar este testimonio vivido en el mundo de hoy. Es la hora de los esposos.

3 Responses Leave a comment
Si, seria interesante buscar qué criticas tuvo la Humanae Vitae.
Anotado queda…
No entiendo que un planteamiento como este pueda tener contestación de nadie. Me cuesta pensar que dos personas se constituyan en pareja con vocación de permanencia y no contemplen como parte de su crecimiento en común el tener un hijo. ¿Cuantas parejas unidas en segundas relaciones, incluso con hijos habidos en uniones anteriores, no consideran como colofón perfecto el tener un hijo en común? Imagino que es generalmente aceptado que el ser humano (como todo ser vivo) tiene una compulsión natural a la procreación y que una buena parte de su equilibrio psicológico se sustenta en una vida afectiva sólida y rica que se encuentra, preferiblemente, en una relación de pareja estable y duradera.
Quizá lo que ocurre es que todo lo anterior es compatible con la planificación familiar y, dentro de ella, con el uso de anticonceptivos, temas estos no admitidos por la Humanae Vitae por razones (expuestas en la propia Encíclica) que no dejan mucho margen a la conciencia moral humana como exponente del libre elbedrio… Quizá por eso fué contestada.
Mis padres cumplen el 8 de junio ya 40 años de casados, y se ven tan bien el uno con la otra. Muy bonita esta reflexión que has escrito hoy. Efrén posiblemente, se los confirmo la próxima semana, mis padres harán la renovación de sus votos el día 08 en la Iglesia de la Paz, me encantará y me hará muy feliz si pueden venir. Invitaré a toda la peña. Abrazo.