… en BollywoodLand: Love Never Dies (Madrid) con alguien que no estuvo alli …

Salíamos de ver Bollywood Land: Love Never Dies , en Gran Vía. Una historia de amor muy del estilo Romeo y Julieta, ambientada en la India actual. Centrados en nuestra conversación, en la que comentábamos mil y un detalles, nos encontramos de golpe con una nueva actuación en la calle, justo a la entrada del Teatro.

Vestía ropa con influencia militar con ese estilo medio hippy muy de hoy. Pelo rizado, muy levantado. Gafas de pasta negra. Me llamó mucho la atención su postura, recto como un soldado, vista al infinito. Silencio. A su alrededor, un espacio vacio, pese a la cantidad de gente que habia en la calle.

Me quedé mirándolo y, de repente, dobló la espalda hacia adelante y mirando al suelo comenzó a cantar ópera… Sentí crecer el dramatismo de la situación cuando empezcé a caer  en la cuenta de las reacciones del resto de la gente. Ese pensamiento tardó mucho en irse de mi cabeza. Nada, no pasó nada. Y no es que esperase que alguien hiciera algo (yo tampoco lo hice) sino que me chocó muchísimo la ausencia de una simple reacción. La gente pasaba a su lado como si no existiera, como si no hubiese nadie alli…

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2 Responses Leave a comment

  1. #2Efren @ 2009-6-8 19:21

    Si, ya conocia esta historia. Aunque mis tiros van más por el grado de exclusion moral que ya van padeciendo las grandes ciudades

    http://www.detrasdelespejo.es/2009/03/30/joshua-bell-en-el-metro/

  2. #1Ramón @ 2009-6-8 19:12

    Esta noticia creo que te la hice llegar en su momento:

    http://noticias.ya.com/insolito/11/04/2007/violinista-metro-bell.html

    “Si es usted un aficionado a la música clásica con el capricho de disfrutar en directo del virtuosismo de Joshua Bell -uno de los grandes prodigios del violín-, tendrá que pagar su buen dinero y pugnar por una entrada para asistir a uno sus abarrotados conciertos. Pero en un mundo de marcas, comodidades, apariencias y consumo apresurado, ¿es posible apreciar la belleza más sublime en un escenario banal y a una hora inconveniente? La respuesta, a la vista de un fascinante experimento sociológico perpetrado por el diario “The Washington Post”, parece ser un “no” tan decepcionante como rotundo.

    El pasado 12 de enero, el conocido violinista se instaló justo durante el aluvión del comienzo de la jornada laboral a la puerta de una de las estaciones de metro más concurridas en pleno centro de Washington. Durante 43 minutos, interpretó con su Stradivarius del siglo XVIII media docena de obras clásicas, empezando y terminando con Bach. Mientras, toda la escena era observada y grabada en vídeo con el afán de desvelar esta encrucijada de percepciones, contextos y prioridades.

    Al final del peculiar recital, con una acústica bastante decente, 1.097 personas habían pasado por delante de Joshua Bell. Algunos se pararon unos fugaces segundos, pero sin llegar a formarse en ningún momento un tumulto de embelesados oyentes.

    La prisa podía mucho más que la música. Realmente, sólo un funcionario del Departamento de Energía y un niño pequeño quedaron enganchados en una marea de almas apresuradas pero con la suficiente caridad como para arrojar monedas y billetes por valor de casi 24 euros a los pies del cotizado músico.

    El resultado nada ha tenido que ver con las previsiones que anticipaban nutridos corrillos, aplausos y propinas mucho más sustanciosas en una ciudad donde la oferta de música clásica abarca desde la Ópera dirigida por Plácido Domingo hasta la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la batuta de Leonard Slatkin.

    Para buscar explicaciones, el “Post” ha tenido que bucear en las profundidades de la filosofía y recordar que la belleza puede ser un hecho mensurable (Gottfried Leibniz), una simple opinión (David Hume) o una mezcla coloreada por el estado de mente del observador (Immanuel Kant).

    En cualquier caso, Joshua Bell tiene previsto volver hoy a Washington para recibir el prestigioso premio Avery Fisher como mejor solista de música clásica de Estados Unidos, sin que importe la mucha prisa de la gente en el metro.”

    Efrén, por cultura general, un violín stradivarius del siglo XVIII puede costar 600.000 dólares.

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