Y te encontré de nuevo en mis sueños (toda una costumbre). Parecíamos diferentes. Y es que de alguna manera yo me sentía diferente contigo, como si el tiempo hubiera sido capaz de reescribir o incluso borrar la historia (algo impensable). Caminamos a través de habitaciones conectadas unas con otras, habitadas solamente por viejos archivadores llenos de polvo y mobiliario de oficina en evidente desuso. Avanzábamos lentamente, tu delante, yo siguiéndote. En el suelo, hojas de papel, cajas amontonadas por cualquier lado. Pisé una al caminar que tenia mi nombre. Paraste justo en la siguiente habitación. Pude verte ahora de frente mientras te sentabas en tu mesa, eres mayor, aunque no tanto como me imaginaba al principio. Me quedé de pie. Y se volvió a repetir, Preguntaste lo que no debías, de nuevo tu mismo argumento de siempre y surge al instante esa emoción que creía olvidada. Arde, quema, es fuego caliente, húmedo, oscuro. Me controlan la ira, el orgullo, el dolor.. Y allí, de pie, frente a ti, protagonista de noches en vela y dias velados, exploté. No recuerdo haber tenido un sueño en el que me temblara la voz. No fue fácil expresarme, contigo nunca lo ha sido. Nos miramos a los ojos y te dije todo aquello que nunca fui capaz de decirte. Alguien detrás presenciaba (incómodo) la escena, y por primera vez no me importó. El tiempo de la pena, el de las segundas oportunidades, el tiempo en el que te protegía a mi manera (mi forma de quererte) había terminado hace mucho. Y un segundo antes de despertar vi en tus ojos cansados algo aterrador: una chispa de vida, un motivo para seguir luchando en una vida carente de emociones y metas. Y supe que el precio por desenterrarte de mi memoria era ese, darte la energía para volver a la vida. Y aqui estoy, despierto y escribiendo. Y tú a mi lado, con esa sonrisa irónica y autosuficiente que sólo me da ganas de gritar.
Extraido de “Cosas que nunca te dije“, un libro que quizás jamás escriba.